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Conversión de la Iglesia a Jesús, el Cristo (III)

3.  ALGUNAS LÍNEAS DE ACCIÓN

1. Recuperar la identidad de seguidores de Jesús

·         Nueva relación con Jesús

La conversión que se nos pide tiene que ver en concreto con una calidad nueva de nuestra relación vital con Jesús. Un cristianismo sin relación viva con Jesús no tiene futuro. Una Iglesia formada por cristianos que se relacionan con un Jesús mal conocido, vagamente captado, confesado de vez en cuando de manera abstracta y doctrinal, un Jesús mudo del que no se puede escuchar nada especial para el mundo de hoy, un Jesús apagado e inerte, que no enamora ni seduce, que no llama ni toca los corazones, es una Iglesia sin futuro. Una Iglesia que se irá envejeciendo, apagando y olvidando en la sociedad moderna.

Volver a Jesús es transformar la relación con él. Volver al "primer amor", dejarnos "alcanzar" por su persona. Dejarnos coger no sólo por una causa, un ideal, una misión, una religión, sino por la persona de Jesús, por el Dios vivo encarnado en Jesús. Dejarnos transformar lenta, pero profundamente por ese Dios apasionado por una vida más digna, más humana y dichosa para todos, empezando por los más pequeños, indefensos y excluidos.

Necesitamos una Iglesia marcada por la experiencia de Jesús. Impulsada por creyentes que tienen conciencia de vivir desde él y para su proyecto del reino de Dios. Cristianos que pertenecen a Jesús y que, sólo porque le pertenecen a él, pertenecen a la Iglesia y están en ella esforzándose por hacerla más fiel al evangelio. Cristianos que, a todos los niveles, van introduciendo a Jesús en la Iglesia como lo mejor, lo más valioso, lo más bello y atractivo, lo más amado: la fuente escondida pero poderosa de la que viven los cristianos.

 

·            Recuperar nuestra verdadera identidad

Volver a Jesús tiene sus exigencias y sus frutos concretos. Significa, en primer lugar, recuperar nuestra identidad, la identidad irrenunciable de seguidores de Jesús. Recuperar nuestras raíces. Hacer creer nuestra conciencia de seguidores de Jesús en el interior de la Iglesia. Crear identidad cristiana. Buscar en Jesús la identidad más profunda de la Iglesia. Aprender a mirar las cosas con sus ojos, a sentirlo todo con su corazón, a proyectarlo todo con su esperanza y su pasión. Crecer en libertad, confiada, entregada, disponible, al servicio de su proyecto apasionante de humanizar el mundo.

Se trata, más en concreto, de caminar en los próximos años hacia un nivel nuevo de existencia cristiana, pasar a una nueva fase del cristianismo, más inspirada y motivada por Jesús, mejor estructurada para el servicio al proyecto del reino de Dios. Se nos llama a "dejar atrás" una Iglesia poco fiel al evangelio y acoger al Espíritu de Jesús para edificar otra Iglesia con criterios y actividades más propias de él.

No importa nuestro lugar, nuestro cargo o responsabilidad en el interior de la Iglesia. A todos se nos invita a colaborar en esta tarea difícil, pero atractiva, de pasar en la historia del cristianismo a una fase nueva, más fiel a Jesucristo. Todos podemos contribuir a que en la Iglesia del futuro se le sienta y se le viva a Jesús de manera nueva. Podemos hacer que la Iglesia sea más de Jesús. Con nuestra manera de seguir a Jesús podemos dar a la Iglesia un rostro más parecido al suyo. Podemos hacer que se sienta más cercana, pequeña y vulnerable junto a los indefensos y olvidados, como se sentía Jesús. Que se sienta "amiga de pecadores" e indeseables, necesitados de acogida y perdón, como se sentía él.

·         Educar en los gestos del reino de Dios

En medio de la crisis religiosa que parece invadirlo todo, cuando todo parece confuso, incierto y desalentador, nada nos impide poner amor compasivo en el mundo. Es lo que hizo Jesús. Un amor que refleje las variadas formas y expresiones con que amaba él: cercanía, ternura, amistad, generosidad atractiva, solidaridad dramática con los últimos, denuncia arriesgada, perdón incondicional. ¿Por qué no va haber en estos momentos en el mundo una Iglesia humilde y sencilla que acompañe a los hombres y mujeres de hoy con testigos que actualizan el rostro y las actitudes de Jesús?

El amor no es teórico. Se concreta en gestos. En la religión católica son importantes los gestos sacramentales: el bautismo, la eucaristía, la confirmación, la reconciliación, el matrimonio... En esos gestos religiosos confesamos y celebramos nuestra fe en Jesús, el Señor resucitado, y acogemos su gracia y su espíritu.

Pero el movimiento de seguidores que puso en marcha Jesús es mucho más que una religión. Es una religión al servicio del reino de Dios. Una religión, por tanto, que anuncia el reino de Dios y su justicia, y lleva a cabo gestos que anticipan y expresan el mundo nuevo que busca Dios. De ahí la importancia de volver a poner en primer plano los gestos del reino de Dios, introduciendo y actualizando en el mundo la práctica gestual o sacramental de Jesús.

Señalamos brevemente los más notables:

 

1. CERCANÍA A LOS ÚLTIMOS Y DISTANCIAMIENTO DE LOS INTERESES DE LOS PRIMEROS.

gestos curadores, encaminados a aliviar el sufrimiento y a generar una vida más sana y digna; contacto directo con "leprosos", impuros y excluidos invitando a la comunión y la convivencia fraterna; acogida, abrazo y bendición a los pequeños, colocados por Jesús en el centro de sus seguidores como los seres más necesitados de atención, cariño y servicio; amistad, mesa compartida y acogida perdonadora a pecadores y gentes perdidas, buscados solamente por Dios; amistad y amor hacia la mujer, defensa de su dignidad y creación de espacios sin dominación masculina...

2. INTRODUCIR LA VERDAD DE JESÚS EN EL CRISTIANISMO ACTUAL.  

·         Lectura profética de este momento. 

Para impulsar esta conversión a Jesús, hemos de comenzar tal vez por hacer una lectura profética del cristianismo actual, es decir, una lectura desde otras claves de análisis de la realidad, más hondas que las de las ciencias humanas. Hemos de leer el momento actual no sólo desde la sociología o la historia, sino desde un nivel más hondo: desde el Espíritu de Jesús.

Las preguntas que hemos de hacernos son de carácter profético: ¿Por dónde quiere llevar Dios hoy al mundo y a la Iglesia hacia su reino? ¿Dónde podemos experimentar hoy que el reino de Dios se está acercando? ¿Dónde podemos escuchar los cristianos de hoy la llamada a creer en esta Buena Noticia? ¿Qué hay que dejar atrás? ¿Cómo hay que mirar al futuro? ¿Qué actitudes son las que hemos de despertar en estos momentos? ¿Hasta cuándo hemos de seguir sin reaccionar de manera más responsable, lúcida y esperanzada, reavivando la fe en Jesús, vivo y operante en la historia humana?

·            Poner la verdad de Jesús en nuestro cristianismo

El primer objetivo de esta lectura profética es introducir la verdad de Jesús entre nosotros; discernir qué hay de verdad y qué hay de mentira en el cristianismo actual; qué hay de verdad y de mentira en nuestros templos y en nuestras curias, en nuestras celebraciones y en nuestras actividades pastorales; en nuestros objetivos, proyectos y estrategias. Lo primero es dar pasos hacia mayores niveles de verdad en nuestras parroquias, en las Iglesias diocesanas y en las instancias centrales de la Iglesia. No cerrar los ojos. No aceptar la pasividad. No resignarnos a un cristianismo sin conversión. Crear en la Iglesia interrogantes encaminados a buscar nuestra verdad más auténtica.

¿Hasta cuándo podremos seguir sin hacer un examen de conciencia colectivo en la Iglesia, a todos los niveles? ¿Por qué no se promueve ya una revisión honesta de nuestro seguimiento a Jesús? Una persona sólo se convierte y renueva realmente, cuando reconoce sus errores y pecados; sólo entonces le es posible volver a su verdad más auténtica. ¿Cómo podrá la Iglesia de Jesús dar pasos hacia su conversión, si no reconocemos nuestros errores y pecados? ¿No hemos de discernir cuanto antes, a la luz de Jesús, los caminos equivocados que sólo nos pueden llevar a la extinción, y los caminos de verdad que nos llevarán a una Iglesia nueva? ¿No hemos de ir separando la escoria acumulada durante siglos para extraer lo mejor que hay en el corazón del cristianismo?

·            Poner en cuestión falsas seguridades

Poner verdad en la Iglesia significa poner en crisis falsas seguridades que nos impiden escuchar la llamada a la conversión. Purificar esa peligrosa conciencia de sentirnos la "Iglesia de Jesús", sin revisar mínimamente si le estamos siendo fieles o no. Esa convicción de que tenemos una misión única en la historia de la humanidad sin escuchar a qué nos envía realmente hoy Jesús. Esa seguridad inconsciente de pretender proclamar a Jesús sin ser una Iglesia oyente de su Palabra, de pensar que podemos ser "maestros de humanidad" sin ser discípulos atentos de Jesús, creernos sus testigos sólo por confesar verbalmente que somos cristianos.

Es un error sentirnos "Iglesia santa" sin hacer un esfuerzo mayor por reconocer nuestros pecados y mediocridad. Esperar que podemos contar con la bendición de Jesús incluso para mantener y desarrollar nuestros propios intereses eclesiásticos. Creer que Dios tiene que llevar a cabo su acción salvadora en el mundo, ajustándose a los caminos que nosotros le trazamos, incluso aunque estén viciados por nuestra mediocridad e infidelidad al evangelio. ¿Por qué nos sentimos tan seguros? ¿Por qué Jesús va a identificarse con nuestra manera poco fiel de entender y de vivir tras sus pasos? ¿Por qué va a confirmar nuestras incoherencias y desviaciones de su proyecto? ¿Por qué va a estar a nuestro servicio cuando nosotros no estarnos al servicio del reino de Dios?

La Iglesia no puede seguir su marcha a lo largo de la historia tranquila y segura, sin escuchar la llamada de Jesús a la conversión. Jesús ama a su Iglesia, pero su amor no ha de encubrir lo que de pecado hay en ella. Jesús no puede ser para su Iglesia un falso tranquilizante. ¿Por qué escuchamos de manera tan aguda el juicio de Dios al mundo moderno y nos mantenemos tan sordos para escuchar la crítica que nos llega de él a la Iglesia?

·         La verdad y la mentira de nuestro seguimiento a Jesús

En definitiva, hemos de sondear la verdad de nuestro seguimiento a Jesús. Descubrir positivamente ese núcleo básico deseguimiento fiel a Jesús que hay en la Iglesia y en muchos cristianos buenos, más allá de instituciones y tradiciones del pasado. La Iglesia seguidora de Jesús es mucho más que su doctrina, sus instituciones o sus logros del pasado. Hay una Iglesia animada por el Espíritu y el fuego de Jesús que vive y opera también hoy en sus mejores seguidores y seguidoras. Pero hemos de detectar también con más honestidad y humildad las desviaciones y adulteraciones del cristianismo actual.

No hemos de tener miedo para poner nombre a nuestros pecados. No hemos de ocultar nuestros errores. No nos hace bien. No se trata de echarnos las culpas unos a otros para justificar cada uno nuestra propia mediocridad. Es un error pensar que la Iglesia se irá convirtiendo a Jesús sólo con criticamos y descalificamos unos a otros. Lo que necesitamos es reconocer el pecado actual de la Iglesia como pecado nuestro, de todos, un pecado del que todos somos más o menos cómplices, sobre todo con nuestra omisión, pasividad o mediocridad. El pecado de la Iglesia está en nuestros corazones y en nuestras estructuras, en nuestras vidas y en nuestras teologías. Entre todos estamos haciendo que la Iglesia de hoy no esté a la altura de lo que Dios espera de ella.

La historia de la Iglesia con Jesús, su Señor, es como la his­toria del pueblo elegido con su Dios: una historia de amor y de infidelidades. La Iglesia ama a Jesús, pero, cuando lo olvida, corre tras otros amantes. No estamos inmunizados contra el pecado de la prostitución. No basta decir "somos hijos de la Iglesia", como en otros tiempos se decía "somos hijos de Abraham". El corazón de la Iglesia puede estar ocupado por falsos amores: alianzas indebidas con diversos poderes; estrategias poco evangélicas; servidumbres que nos hacen perder libertad; búsqueda de seguridad; cobardía para asumir la crucifixión; ambigüedad e impureza de nuestro servicio al reino de Dios.

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