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Conversión de la Iglesia a Jesús, el Cristo

Durante las últimas décadas se han multiplicado los estudios sociológicos, las encuestas y sondeos, no sólo sobre la "crisis religiosa" que se está produciendo en las sociedades más desarrolladas y que suele ser designada de muchas formas ("eclipse de Dios", "crisis de Dios", "nihilismo", "secularización", "era postcristiana"...) sino, más en concreto, sobre la situación crítica y decadente de las Iglesias cristianas en occidente.

Estos estudios y estadísticas son de gran valor para tomar conciencia de los profundos cambios que se están produciendo en la Iglesia y los que se van a producir en un futuro inmediato. Tratar de ignorarlos sería cerrar los ojos a la realidad para afrontar el futuro de manera ciega, inconsciente e irresponsable. Como dice el conocido obispo francés Claude Dagens, estos estudios son "revelaciones exteriores" que nos ayudan a conocer mejor el cambio profundo que se está operando en la conciencia religiosa de nuestras gentes y en la configuración real de la Iglesia.

Pero, tal vez, lo más importante en estos momentos no es seguir elaborando análisis sociológicos, sino intentar una lectura más profética de la situación actual de la Iglesia, aunar esfuerzos para ir viendo con más claridad cuáles son las preguntas clave que nos hemos de hacer y esforzarnos, en definitiva, por escuchar mejor "lo que el Espíritu dice a las Iglesias".

1. ALGUNOS HECHOS EN LA IGLESIA ACTUAL

Voy a comenzar por destacar algunos "hechos mayores" que nos permitan contar con un punto de partida para suscitar va algunas preguntas sobre la necesidad y la posibilidad de una conversión más radical de la Iglesia a Jesucristo.

1. 1 El riesgo de la reacción automática

Condicionados por los estudios sociológicos, los sondeos y las estadísticas, corremos el riesgo de reaccionar de manera automática. Sin darnos cuenta los datos sociológicos adquieren un peso decisivo, se van cargando de autoridad y se convierten, con frecuencia, en el factor determinante de las actitudes y de laactuación de grandes sectores de la Iglesia, sin detenernos apenas a discernir cuál debería ser hoy la reacción adecuada de los seguidores de Jesús.

Puesto que los datos son claramente negativos (descenso de la práctica religiosa, envejecimiento de las personas y de Lo estructuras, abandono de la Iglesia por parte de amplios sectores, dificultad creciente para transmitir la fe, ausencia de las nuevas generaciones, falta de vocaciones para el servicio presbiteral y para la vida religiosa...), lo primero que se observa es queen amplios sectores se ha generado casi espontáneamente unestado de ánimo marcado por el desaliento, la amargura, le resignación, la pasividad, la impotencia o el desencanto. Son laspalabras que más se repiten en muchos análisis y estudios pastorales. No es posible calcular el número de sacerdotes, religiosos/as y agentes de pastoral que siguen trabajando fielmente,como siempre, aunque en su interior vivan secretamente convencidos de que lo que están haciendo no tiene probablementefuturo.

Es triste ver cómo las energías espirituales que hay en el pueblo creyente van quedando sin explotar, bloqueadas por esteclima de desaliento y desencanto generalizado. Más triste esobservar las actitudes de nerviosismo y de miedo que vantornando cuerpo en la Iglesia, generadas por el instinto de conservación y no por el Espíritu de Cristo, que es siempre "dadorde vida". En estos momentos existe el peligro real de que laIglesia se vaya configurando desde fuera, como reacción a lasituación sociológica de crisis, y no como fruto de aperturavaliente y confiada al Espíritu de Jesucristo. Voy a señalar brevemente tres aspectos:

La Iglesia corre el riesgo de sentirse amenazada por toda clase de enemigos y peligros externos: la historia va contra ella;el mundo es su gran adversario... En algunos, se puede despertar incluso el fantasma de la "persecución". Es grande entonces la tentación de replegarse sobre sí misma para adoptar una actitud autodefensiva que está muy lejos de la misión que nos dio Jesús de salir a promover el reino de Dios, curar gratis la vida de las gentes y sembrar la paz corno ovejas en medio de lobos.

Esto puede llevar a algunos a "buscar enemigos" en la sociedad para condenarlos implacablemente. De manera casi inconsciente se puede llegar así a hacer de la denuncia y la condena un programa pastoral, incluso la tarea más decisiva y urgente de la Iglesia. No hemos de olvidar, por otra parte, que el sentimiento de debilidad y la pérdida de poder social pueden despertar el resentimiento y la agresividad. Desde esta actitud se hace casi imposible anunciar a Dios como amigo de la vida y comunicar la compasión de Jesús a todo ser humano, por muy "perdido" que aparezca ante nuestros ojos.

El miedo invita también a buscar en el interior mismo de laIglesia a los culpables de un estado de cosas tan complejo y doloroso para todos. Para algunos, los verdaderos y casi únicos culpables son los dirigentes religiosos, una Jerarquía incompetente y poco lúcida, paralizada colectivamente por el miedo, cerrada a los tiempos modernos y poco abierta a las llamadas del Espíritu. Para otros, por el contrario, son los teólogos disidentes quienes están minando la fe verdadera, des­mantelando a la Iglesia, erosionando su prestigio y ofreciendo a los adversarios más razones para sus ataques. Mientras tanto, apenas se escucha la voz del pueblo creyente y, aunque se hacen llamadas convencionales a buscar la comunión, no se alimenta una dinámica de diálogo, no se hacen esfuerzos por aunar fuerzas, sino que crecen las mutuas descalificaciones y enfrentamientos entre obispos y teólogos; entre teólogos de diferentes tendencias; entre movimientos, comunidades, grupos, blogs de signo diferente. No es fácil que una Iglesia de estas características pueda transmitir a la sociedad actual un testimonio de esperanza y un mensaje de aliento.

1.2. Restauracionismo

En unos momentos en que, probablemente, habría que tomar decisiones de gran alcance —tanto en lo doctrinal como en lo pastoral—, para estar activamente presentes en la sociedad moderna y en su devenir hacia un futuro desconocido e incierto, la cúpula de la Iglesia ha decidido, al parecer, encerrarse en la restauración, con el riesgo de hacer del cristianismo una religión del pasado, cada vez más anacrónica y menos significativa para las nuevas generaciones. En vez de vivir caminando con los hombres y mujeres de hoy, colaborando desde el proyecto del reino de Dios en la marcha hacia una sociedad más justa, más compasiva y más digna del ser humano, parece que la Iglesia se encierra en la conservación firme, rígida y disciplinada de su tradición religiosa, convencida de que esto es lo mejor en estos momentos en una sociedad que se aleja progresivamente de Dios y de la moral cristiana para deslizarse hacia el nihilismo y el vacío moral.

El Concilio Vaticano II significó un giro que abría horizontes de libertad, de apertura y de creatividad que hasta entonces estaba prohibido soñar. Se dieron pasos muy importantes en la línea de la afirmación de la libertad religiosa, el respeto a la autonomía de lo temporal, el diálogo con el mundo o el servicio a la sociedad moderna. Se abrieron posibilidades nuevas para impulsar la evangelización, la renovación de la celebración litúrgica, la animación de las comunidades cristianas y la corresponsabilidad del Pueblo de Dios. Tal vez faltó una preparación de los espíritus y un esfuerzo sostenido de conversión humilde. Pronto se despertó el miedo y entró en muchos el vértigo. Los años turbulentos vividos después del Concilio han ido llevando a la cúpula de la Iglesia a una decisión: hay que dar marcha atrás. Son muchos los que piensan que ha llegado la hora de la rectificación progresiva pero firme; hay que cortar el proceso de decadencia y descomposición propiciado por el Concilio; no podemos seguir permitiendo orientaciones doctrinales ni prácticas pastorales llenas de los peligros de esa modernidad de la que, hasta llegar el Concilio, la Iglesia había logrado defenderse condenándola.

En este contexto, el conservadurismo se va infiltrando e imponiendo poco a poco en todos los ámbitos y a todos los niveles. En pocos años, se ha ido endureciendo el marco autoritario que lo regula todo: se controla de cerca la investigación teológica y la orientación de las Editoriales católicas; se vigila el cumplimiento estricto de la normativa ritual sin concesión alguna a la creatividad; se controla el lenguaje tradicional; todo parece fijado ya para siempre; se promueven prácticas devocionales consagradas por la tradición...

Todo tiende a favorecer el inmovilismo. Se está llegando a un punto en el que parece que lo único que hay que hacer en estos tiempos de profundos cambios es "conservar"; no hay necesidad de buscar o desarrollar creativamente nada. Si alguien pretende promover las exigencias del Evangelio de manera nueva, se le impedirá ir más allá de lo enseñado y mandado por la autoridad. No se abren espacios para la creatividad, la experimentación, el ensayo, la búsqueda de caminos nuevos. No es posible recono­cer entre nosotros el Espíritu de Jesús de poner "el vino nuevo en odres nuevos".

1.3. Pasividad del pueblo cristiano

El rasgo más generalizado de los cristianos que no han roto con la Iglesia es seguramente la pasividad. No hay que olvidar ese número importante y valiosísimo de cristianos/as que viven activamente comprometidos en parroquias, grupos, comunidades, áreas de marginación, proyectos educativos o actividades pastorales y evangelizadoras de todo tipo. Como diremos más adelante, ellos y ellas son, a mi juicio, la esperanza y el lugar eclesial desde donde es posible la reacción, el giro, la conversión a Jesucristo y a su proyecto del reino de Dios. Pero todo esto no debe llevarnos a ignorar la pasividad de la mayoría.

Durante siglos se le ha educado a la masa de los fieles para la sumisión, la obediencia, el silencio y la pasividad. El cristianismo se ha organizado como una religión de autoridad y no de llamada. (1)

Las estructuras que se ha dado a sí misma la jerarquía a lo largo de los siglos no han promovido la corresponsabilidad, la vivencia adulta de su pertenencia a la Iglesia ni la creatividad del Pueblo de Dios.

Se ha hecho del movimiento de Jesús una religión en la que sólo una minoría se siente de verdad con responsabilidad eclesial. De manera inconsciente se ha ido anulando la responsabilidad de los laicos y laicas: no se les necesita para pensar, proyectar o decidir sobre el seguimiento fiel de la Iglesia de hoy a Jesucristo. El pueblo cristiano lo siente así: la Iglesia es un asunto de los obispos, curas y religiosas; ellos son los que se han de ocupar de eso. Esta pasividad, cultivada desde siempre entre el pueblo es, tal vez, el principal obstáculo para promover la transformación que necesita hoy la Iglesia de Jesús. Una masa de fieles en actitud pasiva, entregada pasivamente a la dirección de una jerarquía restauracionista, difícilmente va a promover el reino de Dios en el mundo moderno siguiendo los pasos de Jesús.

En estos últimos años el distanciamiento entre la cúpula eclesiástica y la base del pueblo cristiano se está convirtiendo en un foso cada vez más profundo. La distancia entre "lo que manda y enseña la Iglesia jerárquica" y "lo que hacen y piensan amplios sectores del pueblo cristiano" es cada vez mayor. La jerarquía se siente guardiana de la tradición y defiende su derecho a actuar con firmeza y a condenar a una sociedad secularizada, que vive cada vez más de espaldas a Dios. Sin poner en cuestión lo que hay de razonable y legítimo en esta posición, lo que sucede es que buena parte del pueblo cristiano, desde su propia experiencia en la sociedad actual, considera que la jerarquía ha perdido la sensibilidad necesaria para conocer, amar y valorar el mundo actual, para sintonizar con las necesidades reales de los creyentes y para ofrecerles la orientación y el aliento que necesitan para vivir hoy su fe.

Esta situación está pidiendo, sin duda, un esfuerzo grande y delicado de mutua escucha, respeto recíproco, diálogo sincero y humildad grande ante cuestiones nuevas, complejas y de gran trascendencia, para las que no tenernos respuestas claras y definitivas. Por desgracia, no es esto lo que está sucediendo. La jerarquía endurece más su discurso, pero no logra acrecentar su autoridad ni su credibilidad en el pueblo. Al contrario, en algunos sectores crece todavía más el desafecto, la resignación o la indiferencia.

 

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