Nosotros, los herméticos, somos teólogos de esa sagrada escritura reveladora de Dios que se llama el mundo, así como los teólogos de las otras Sagradas Escrituras reveladoras de Dios son herméticos por cuanto dedican su esfuerzo a la gloria de Dios. Y de la misma manera que el mundo no es sólo un cuerpo material, sino también alma y espíritu, así las Sagradas Escrituras no son únicamente letra muerta, sino alma y espíritu. De ahí que nuestra triple ciencia del triple mundo haya siempre estado dedicada a la gloria de la Santísima Trinidad en el correr de los siglos, como lo está la triple ciencia de la revelación divina por las Sagradas Escrituras. ¿No hemos sido llamados, tanto nosotros, teólogos del mundo, como vosotros, teólogos de las Sagradas Escrituras, a velar ante el mismo altar y desempeñar el mismo cometido de no dejar que se apague en el mundo la lámpara encendida a la gloria de Dios? ¿No es nuestro deber común proveerla del óleo santo del esfuerzo humano para que su llama no llegue jamás a extinguirse y dé siempre testimonio de Dios por el hecho mismo de existir de siglo en siglo, sin apagarse? ¿No ha llegado ya por fin el momento en que nosotros, herméticos, nos demos cuenta de que, gracias a la Iglesia, tenemos el aire que respiramos, así como un lugar, abrigo y refugio en este mundo de materialismo, estatismo, tecnologismo, materialismo y psicologismo? Vivimos porque la Iglesia vive. Una vez silenciados los campanarios de las iglesias, todas las bocas humanas deseosas de servir a la gloria de Dios quedarán también reducidas al silencio. Vivimos y morimos con la Iglesia.
Para vivir necesitamos aire que respirar, una atmósfera de piedad, sacrificio y aprecio de lo invisible como realidad superior. Ese aire y esa atmósfera sólo existen por obra de la Iglesia. Sin ella el hermetismo, ¡qué digo!, toda filosofía idealista, todo idealismo metafísico, quedarían ahogados en el utilitarismo, materialismo, industrialismo, tecnologismo, biologismo y psicologismo.
Amigo desconocido, imagínate el mundo sin Iglesia, un mundo de fábricas, clubes, deportes, mítines políticos, universidades y artes exclusivamente consagradas a la utilidad o al recreo, un mundo donde en ninguna parte oyeras palabras de alabanza a la Santísima Trinidad o la bendición dada en su nombre. Imagínate un mundo donde nunca tus oídos pudieran percibir una voz humana que dijese:
«Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, como era en el principio, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.»
O bien:
La bendición de Dios omnipotente, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre vosotros.»
Un mundo sin alabanza a Dios ni bendición... En esa atmósfera psíquica, privada de ozono, vacua y fría, ¿crees que el hermetismo podría llegar a subsistir un día tan sólo?
Haz, pues, uso de la balanza de la justicia y pesa las cosas con imparcialidad. Cuando lo hayas hecho, no podrás menos de decir: Jamás se me vendrá a las mientes arrojar, de palabra o con actos, piedras contra la Iglesia, siendo ella la que posibilita, estimula y protege el esfuerzo humano en pro de la gloria de Dios. Y como el hermetismo es precisamente ese esfuerzo y no puede por tanto existir sin la Iglesia, no nos queda a los herméticos más que una alternativa: o vivir como parásitos (ya que, gracias a la Iglesia, podemos vivir), si somos extraños u hostiles a la Iglesia, o vivir como amigos y fieles servidores suyos, si comprendemos la cuantía de nuestra deuda para con ella y hemos comenzado a amarla.
Hora es ya de que el movimiento hermético concluya una paz real y cristiana con la Iglesia, de que deje de ser su hijo casi ilegítimo y llevar dentro de ella una vida semioculta, apenas tolerada, de que el hermetismo se convierta por fin en hijo adoptivo suyo, si no enteramente reconocido como legítimo.
Para amar hay que ser dos. Es preciso renunciar a no pocas pretensiones si esto ha de cumplirse. Pero cuando ambas partes tienen por único interés la gloria de Dios, es seguro que todos los obstáculos que se opongan a la auténtica paz se irán desvaneciendo como el humo.
Fragmento tomado del libro "Los arcanos mayores de Tarot"
Autor Anónimo.
Ed. Herder