Qué es Dios, cómo es Dios, cómo actúa Dios, he aquí otras tantas preguntas que un cristiano no puede forzosamente soslayar. Pero, ¿interesan? No sólo a los demás. A él mismo, ¿le parecen importantes?
No es fácil responder a esto. Nuestra realidad religiosa es compleja.
I
Por un lado, no se puede dudar que ciertos hechos apuntan claramente hacia la importancia que concedemos al problema de Dios.
Por ejemplo, ha sido y continúa siendo tradición responder a la pregunta por el misterio más sublime y profundo del cristianismo, con la mención del misterio Trinitario: Dios trino y uno. ¿No es acaso el centro de la Revelación lo que Dios ha dicho sobre Sí mismo? ¿Sobre lo que ocurre en la más alta, la más perfecta, la más incomparable de las realidades?
Además, una razón aún más relacionada con nuestra concepción de lo religioso apunta inconscientemente hacia lo mismo.
Hemos identificado lo "sobrenatural" con lo difícil. Inconscientemente pasamos de un concepto a otro, o del concepto a la imagen. Claro está que un regalo y, más aún, lo que es esencialmente regalo y gratuito, es, desde cierto punto de vista, dificilísimo y, si se quiere, imposible. Imposible a nuestras fuerzas, inalcanzable para nuestras pretensiones y exigencias...
Pero de ahí pasamos indebidamente a la idea o, mejor, a la imagen, de algo que, después de regalado, nos queda grande... Algo no hecho a nuestra medida humana. Y, tratándose de un mensaje, como una enseñanza sobre realidades que no pertenecen a nuestro mundo, entre las que nos perdemos si no tomamos la resolución de aprendérnoslas casi de memoria en razón misma de la gravedad e incomprensibilidad de su contenido.
¿No es entonces lógico que el misterio de Dios mismo y de su Trinidad en la Unidad aparezca como centro y quintaesencia de lo sobrenatural y, por ende, de la religión cristiana? ¿Lo más difícil, no es también lo más divino, lo más importante, lo más decisivo?
Pero, por otro lado, otros datos, igualmente fehacientes, tenderían a probar que las declaraciones anteriores, por más lógicas y usuales que sean, chocan con un hecho más decisivo aún: un desinterés real entre cristianos por el problema de Dios. Desinterés comparativamente mucho mayor que por otros temas del mensaje cristiano. Es casi la contraprueba de lo que antes decíamos: lo sobrenatural nos queda grande. Estamos hechos de tal medida que lo central, lo decisivo, lo objetivamente importante, no consigue interesarnos...
Hagamos una suposición. Si alguien viniera a decirnos que el Concilio ha decidido reemplazar la fórmula tradicional "tres personas distintas y un solo Dios", por esta otra: "tres dioses en una sola persona", reconozcamos que la inmensa mayoría de nosotros tomaríamos cuidadosamente nota del cambio y, aunque intrigados o tal vez irritados por la innovación, seguiríamos nuestra vida cristiana, sin que nada verdaderamente importante para nosotros se hubiera venido abajo. Y, sin embargo, profesamos que en ello consiste la quintaesencia del mensaje cristiano...
En realidad, no llegamos a comprender cómo, en el tiempo de las controversias trinitarias, durante los primeros siglos de la Iglesia, el público corriente, el hombre de la calle, pudo apasionarse por teorías referentes a la vida interior de la Divinidad. Como esos dos Teódotos, el bancario y el talabartero, que encabezaron grupos disidentes sobre éstas, a nuestro parecer, bastante abstrusas materias...
Hoy en día, en efecto, el interés por estas cuestiones sólo se observa, sociológicamente, en grupos bastante especializados, reducidos y, hasta cierto punto, snobs.
Comprendemos, en rigor, que la pregunta sobre la existencia de Dios y sobre los efectos que su respuesta tenga, roza una amplia zona de problemas humanos y llega hasta lo político mismo.
Pero, a partir del reconocimiento (o negación) de esa existencia, el resto nos parece inevitablemente un poco ocioso. Sobre todo, porque ya no existe, al parecer, la posibilidad de equivocarse radicalmente sobre Dios.
En efecto, si Dios y nuestra relación de dependencia con él pueden convertirse en problema importante, claro está que, en situaciones de politeísmo o de idolatría generalizados, identificar al verdadero Dios participaba de esa importancia. Dirigirse a la Divinidad realmente existente y bienhechora, no equivocarse de dirección e invocar el vacío o suscitar el poder enemigo, podía entonces convertirse en cuestión de vida o muerte.
Pero en el mundo occidental de nuestra época ese problema parece radicalmente resuelto. Quien nombra a Dios está seguro —tal vez demasiado seguro— de que su adoración, su petición, su acto religioso, su mérito, llegan a término. Precisamente porque de haber Dios no hay más que uno y, por así decirlo, no hay posibilidad de que el cartero se equivoque. Hemos nombrado a la única persona capaz de responder a ese nombre y nos parece que con ello todo está resuelto...
Y así hemos dejado de preocuparnos por identificar a Dios, por saber cómo es, cómo actúa. Ello pasa a ocupar un segundo lugar en nuestras preocupaciones. A convertirse en asunto de ortodoxia teórica.
De ahí la sensación de irritante inutilidad con que miramos una teología que recuerda seculares controversias sobre la Trinidad. "Quisiera encontrar un día a un arriano —decía con más humor que razón un sacerdote latinoamericano comprometido en la lucha contra la miseria— para increparlo por el tiempo que ha hecho perder a la Iglesia...".
II
Reconozcamos pues que la situación de hecho, en lo que toca a nuestro interés sobre el problema Dios, es compleja. Declaraciones y realidad no parecen concordar plenamente. Ahora bien, ¿tenemos razón en nuestras declaraciones sobre lo central de ese problema? Y, consiguientemente, ¿hacemos mal en despreocuparnos prácticamente de él?
A. — Por de pronto, aunque parezca paradójico, hay en lo que hacemos algo de positivo y sano.
Tomemos el Nuevo Testamento. ¿De qué nos habla el Verbo que, desde el interior de Dios, viene a narrarnos esa realidad (Jn. 1, 18)? En su abrumadora mayoría, sus palabras tratan de nosotros mismos, de nuestra vida y de cómo transformarla. En un segundo plano, en cuanto a proporciones se refiere, encontramos pasajes que conciernen a Dios mismo, pero aun ellos nos muestran a Dios actuando en nuestras vidas y transformando nuestra historia.
Los pasajes que permiten a los teólogos disertar de lo que es Dios en sí, independientemente de nuestra vida y de nuestra historia, se pueden casi contar con los dedos de la mano y es aun dudoso que puedan ser sacados de un contexto donde Dios, se revela siempre en diálogo con la existencia humana. ¿No sería esto por demás extraño si el centro y la quintaesencia del mensaje cristiano fuese precisamente el misterio de la Trinidad?
¿Será excesivo decir que el centro de la Revelación concierne al hombre y que es al transformar por el interior esa existencia que Dios aparece y se muestra en el horizonte humano? ¿No es esto el Evangelio, es decir, la buena noticia, la única que puede ser buena para nosotros, la que nos concierne totalmente?
Tal vez sea interesante observar que los dos textos neo-testamentarios que parecen prometer más la revelación de un misterio precisamente divino —y eso en una atmósfera de religiones mistéricas como eran las de la época— no salen de lo humano y ni siquiera penetran en la esfera de lo que podríamos llamar, en lo humano, lo "religioso" o lo "sagrado": "Les doy un mandamiento nuevo:que se quieran entre ustedes como yo los he querido" (Jn. 13, 34) ; "Esta es la religión auténtica: ayudar a los huérfanos y viudas en su aflicción y mantenerse sin mancha del mundo" (Stgo. 1,27).
No cabe duda, ciertamente, de que el objeto central del mensaje de Jesús se refiere a nuestra existencia. ¿Quiere decir esto que no pretendió decirnos nada sobre lo que Dios era en sí, prescindiendo de nosotros? ¿No tendremos que admitir que también nos habló —un poco, muy poco, pero algo— de eso? Como para que no lo ignoráramos completamente...
Aquí, como en casi toda la teología, existe un tipo de soluciones superficiales que consiste, frente a un nuevo planteo en admitirlo, pero subrayando que también está lo otro y que es una cuestión de proporciones donde no hay que exagerar. Cuando, en realidad, no se trata de proporciones ni de acentos, sino de la manera de enfocar la totalidad, de la vía de acceso a ella.
Así se perdería aquí lo más esencial: que si el mensaje de Jesús nos habla todo él de nuestra existencia y de su transformación, es porque a través de ella y sólo a través de ella conocemos lo que Dios es en si.
Un teólogo que disertó de un modo tan explícito y especulativo sobre la Trinidad como Scheeben (Los Misterios del Cristianismo. Trad. Sancho. Herder. Barcelona 1957, p. 146), no puede menos de reconocer esto que, como decíamos, no es tanto asunto de proporciones o acentos, cuanto del camino único abierto al conocimiento: "Las personas divinas... suscitan un orden de cosas (el de la gracia) que parece como el desarrollo y la revelación reales del meollo íntimo de ese misterio (trinitario), y solamente en este orden y por medio de él, puede el misterio ser comprendido y concebido de un modo completo".
Comprendemos así la profundidad de aquella frase medieval "en este asunto de la idea de Dios es más importante la manera de vivir que el modo de expresarse" (Guillermo de Saint-Thierry, citado por Henri de Lubac, Sur les Chemins de Dieu), que podría ser el lema de nuestras reflexiones en el presente año.
La razón la da San Agustín, discutiendo precisamente el tema de la Trinidad, en un texto que los lectores de las reflexiones anteriores de PERSPECTIVAS DE DIALOGO hallarán aún más sugerente: "¿Estás pensando qué o cómo será Dios? Todo lo que imagines no es. Todo lo que captes con el pensamiento no es. Pero para que puedas gustar algo, sabe que Dios es amor, ese mismo amor con que amamos... Que nadie diga: no sé qué es lo que estoy amando. Basta que ame al hermano, y amará al mismo amor. Porque, en realidad, uno conoce mejor el amor con que ama al hermano que al hermano a quien ama. Pues ya tiene ahí a Dios conocido mejor que el mismo hermano. Mucho mejor, porque está más presente, porque está más cerca, porque está más seguro".
No constituye, entonces, una desviación el que nuestro cristianismo parezca como centrado en ese diálogo de amor con el mundo, donde, en realidad, Dios está más presente, más cerca y más seguro que el mismo interlocutor.
B. — Pero también hay algo que nos impide despreocuparnos del problema de Dios y que hace de nuestra despreocupación un peligro, tanto para nosotros como para los demás.
Hay, por encima de todo, que nuestro amor no es perfecto, ni mucho menos. El Padre de Lubac, comentando la conocida frase de Agustín "ama y haz lo que quieras", añade que es verdadera "si amas bastante como para obrar en todo según tu amor. Ama y cree lo que quieras, se podría decir, si sabes sacar de tu amor, cuya fuente no está en ti, toda la luz que en él se esconde. Pero no te imagines demasiado rápido saber ya lo que es amar", (ib. p. 184).
No es, pues, extraño que si nuestro amor se desvía y se falsifica, se haya podido decir que "no hay núcleo en torno al cual se aglutine tanta hipocresía como la idea de Dios... El hombre tiene, sobre todo, desgraciadamente, miedo a Dios. Teme quemarse a su contacto, como los antiguos israelitas al tocar el Arca. De ahí tantas sutilezas para negarlo, tanta maña para olvidarlo, o tantas invenciones piadosas para amortiguar su choque....
Incrédulos, indiferentes, creyentes, todos rivalizamos en ingenio para protegernos de Dios" (ib. pp. 179 y 189).
Precisamente porque al deformar a Dios protegemos nuestro egoísmo, nuestras formas falsificadas e inauténticas de tratar con nuestros hermanos forman alianza estrecha con nuestras falsificaciones de la idea de Dios.
Nuestra sociedad injusta y nuestra idea deformada de Dios forman un terrible e intrincado pacto.
Dé ahí que, aunque el ateo, como el creyente, deba luchar contra su propio egoísmo en sus relaciones con la idea de Dios (tantas sutilezas para negarlo. . .) el ateísmo venga, por lo menos en parte, de la idea de Dios que presentan primero en sus vidas y luego en sus palabras, los que profesan creer en él. No es esto un peligro, sino una realidad. "También los creyentes —nos advierte el Concilio— tienen en esto su parte de responsabilidad. . . en cuanto que, con el descuido de la educación religiosa, o con la exposición inadecuada de la doctrina, o incluso con los defectos de su vida religiosa, moral y social, han velado, más bien que revelado, el auténtico rostro de Dios y de la religión" (Gaudium et Spes. 19).
En conclusión, hemos excluido demasiado rápido el problema de la idolatría. No basta pronunciar una palabra para ponernos en contacto con la realidad designada. No basta tampoco repetirla hasta el cansancio (Mt. 7,21), ni repetirla dentro del recinto del templo y de las ceremonias de la Iglesia. "Si falto al amor o si falto a la justicia, me alejo infaliblemente de ti, Dios, y mi culto no es más que idolatría. Para creer en ti debo creer en el amor y creer en la justicia, y vale mil veces más creer en esas cosas que pronunciar tu Nombre" (de Lubac, ib. p. 125). Porque ése es, precisamente, su verdadero Nombre...
Debido pues a esa íntima relación entre las vicisitudes de nuestro amor y de nuestro egoísmo por un lado, y la idea que nos hacemos de Dios y la posibilidad real de entrar en contacto con él, por otro, no podemos dejar de reflexionar sobre ese tema, esencial a nuestras vidas. No podemos ahorrarnos el continuo y saludable vaivén entre la idea de Dios y el diálogo vivo con los hombres.
Juan Luis Segundo
Revista "Perspectivas para el diálogo"
Marzo de 1968