Última carta de Simone Weil (1942)
Querido Padre:
Fue un acto de bondad por su parte el escribirme. Ha sido muy importante para mí el contar con esas afectuosas palabras suyas en el momento de partir.
Me cita usted unas esplendidas palabras de san Pablo. Espero que al confesarle mi miseria no haya dado la impresión de desconocer la misericordia de Dios. Confío en no haber caído y no caer jamás en ese grado de bajeza e ingratitud. No tengo necesidad de ninguna esperanza, de ninguna promesa, para creer que Dios es rico en misericordia. Conozco esa riqueza con la certeza de la experiencia, yo misma la he tocado. Lo que de ella conozco por contacto sobrepasa de tal modo mi capacidad de comprensión y gratitud que ni la misma promesa de felicidades futuras añadiría nada al significado que para mí tiene, de la misma forma que para la inteligencia humana la suma de dos infinitos no es una suma.
La misericordia de Dios se manifiesta en la desdicha tanto, o quizá más, que en la alegría, pues bajo aquella forma no tiene analogía con nada humano. La misericordia del hombre no aparece mas que en el don de la alegría o bien al infligir un dolor con vistas a efectos externos, curación del cuerpo o educación. Pero no son los efectos externos de la desdicha los que dan testimonio de la misericordia divina. Los efectos externos de la verdadera desdicha son casi siempre malos. Cuando se quiere disimularlo, se miente. Es en la desdicha misma donde resplandece la misericordia de Dios, en lo más hondo de ella, en el centro de su amargura inconsolable. Si, perseverando en el amor, se cae hasta el punto en que el alma no puede ya retener el grito: «Dios mío, ¿por que me has abandonado?»; si se permanece en ese punto sin dejar de amar, se acaba por tocar algo que no es ya la desdicha, que no es la alegría, que es la esencia central, intrínseca, pura, no sensible, común a la alegría y al sufrimiento y que es el amor mismo de Dios.
Se sabe entonces que la alegría es la dulzura del contacto con el amor de Dios, que la desdicha es la herida de este mismo contacto cuando es doloroso y que lo único importante es el contacto, no la modalidad.
De la misma forma que si se vuelve a ver a un ser querido tras una ausencia prolongada, lo importante no son las palabras que con él se intercambian, sino sólo el sonido de su voz que nos asegura su presencia.
El conocimiento de esta presencia de Dios no consuela, no quita nada a la horrible amargura de la desdicha ni cura la mutilación del alma. Pero se sabe de manera cierta que la sustancia de esa amargura y de esa mutilación es el amor de Dios hacia nosotros.
Quisiera, por gratitud, ser capaz de dejar testimonio de ello. El poeta de La Ilíada amó suficientemente a Dios para disponer de tal capacidad. Pues ese es el significado implícito del poema y la fuente única de su belleza, aunque apenas se haya comprendido.
Aun cuando no hubiera nada más para nosotros que la vida terrena, aun cuando el instante de la muerte no nos aportase nada nuevo, la sobreabundancia infinita de la misericordia divina está ya secretamente presente, aquí, en toda su integridad.
Si, por una hipótesis absurda, muriera sin haber cometido faltas graves y cayera, no obstante, al fondo del infierno, debería de todas formas una gratitud infinita a Dios por su infinita misericordia a causa de mi vida terrena, por más que yo pueda ser un objeto tan mal acabado. Incluso en ese caso, creería haber recibido toda mi parte en la riqueza de la misericordia divina. Pues ya aquí recibimos la capacidad de amar a Dios y de representárnoslo con toda certeza como poseedor de una sustancia que es una alegría real, eterna, perfecta, infinita. A través de los velos de la carne, recibimos de lo alto suficientes presentimientos de eternidad para disipar todas las dudas que sobre ese punto puedan suscitarse.
¿Que más pedir? ¿Que más desear? Una madre, una amante, teniendo la certeza de que su hijo, su amante, está en la alegría, no podría pedir ni desear otra cosa. Y aún tenemos mucho más, pues lo que amamos es la alegría perfecta en sí misma. Cuando esto se sabe, la propia esperanza se torna inútil, pues deja de tener sentido. Lo único que queda esperar es la gracia de no desobedecer. El resto es asunto de Dios y no nos concierne.
Por este motivo, aunque mi imaginación este mutilada por un sufrimiento dema siado largo e ininterrumpido y no pueda acoger el pensamiento de la salvación como algo posible para mí, no me falta nada. Lo que usted me dice al respecto no puede tener otro efecto sobre mí que el de persuadirme de que siente usted amistad por mí. En ese sentido, su carta me ha sido muy valiosa. No ha podido operar otra cosa en mí, pero no era necesario.
Conozco lo suficiente mi miserable debilidad, y sé que un poco de fortuna adversa bastaría, quizá, para llenar mi alma de sufrimientos, hasta el punto de no dejar durante mucho tiempo ningún lugar para los pensamientos que acabo de expresarle. Pero incluso esto importa poco. La certeza no está sometida a los estados de ánimo. La certeza está siempre en perfecta seguridad.
Hay solo una circunstancia en la que ya no se realmente nada de esa certeza. Es el contacto con la desdicha de los demás; también, quizás incluso mucho mas, la de los indiferentes y los desconocidos, incluidos los de los siglos remotos del pasado. Este contacto me hace un daño tan atroz, me desgarra de tal modo el alma de parte a parte, que el amor a Dios se me hace por un tiempo casi imposible, por no decir simplemente imposible. Hasta el punto de que me inquieta por mí. Me tranquilizo un poco al recordar que Cristo lloró previendo los horrores de la destrucción de Jerusalén. Espero que perdone la compasión.
Me apena que me diga que mi bautismo sería para usted una gran alegría.
Después de haber recibido tanto de usted, está, pues, en mi mano, causarle una alegría; y sin embargo, ni por un segundo abriga mi mente ese pensamiento. No puedo hacer nada sobre eso. Creo realmente que sólo Dios tiene sobre mí el poder de impedirme que le cause esa alegría.
Incluso considerando nada mas el plano de las relaciones estrictamente humanas, le debo una gratitud infinita. Creo que, a excepción de usted, todos los seres humanos a los que, en razón de mi amistad, haya podido dar la posibilidad de hacerme daño fácilmente, se han complacido en hacérmelo, ya haya sido de forma ocasional o con frecuencia, de forma consciente o inconsciente, pero todos alguna vez. Cuando reconocía que era consciente, cogía un cuchillo y cortaba la amistad, sin advertir por otra parte al interesado.
No actuaban así por maldad, sino por efecto de ese fenómeno bien conocido que empuja a las gallinas, cuando advierten que una de ellas está herida, a arrojársele encima a picotazos.
Todos los hombres llevan dentro de sí esa naturaleza animal que determina la actitud con sus semejantes, con su conocimiento y su adhesión o sin ellos. A veces, sin que el pensamiento se dé cuenta de nada, la naturaleza animal de un hombre percibe la mutilación de la naturaleza animal de otro y reacciona en consecuencia. Lo mismo ocurre en todas las situaciones con sus reacciones animales correspondientes. Esta necesidad mecánica domina a todos los hombres en todo momento; escapan a ella solamente en proporción al lugar que ocupa en sus almas lo auténticamente sobrenatural.
El discernimiento, incluso parcial, es muy difícil en esta materia. Pero si real mente fuese posible, se tendría ahí un criterio de la parte que ocupa lo sobrenatural en la vida de un alma, criterio seguro, preciso como una balanza, y completamente independiente de todas las creencias religiosas. Es esto, entre otras muchas cosas, lo que Cristo indicó cuando dijo: «Estos dos mandamientos son uno solo».
Sólo con usted no he sido alcanzada nunca por la acción de ese mecanismo. Mi situación respecto a usted es semejante a la de un mendigo reducido por la indigencia a un hambre perpetua que, habiendo ido durante un año a una casa prospera en busca de pan, no hubiese sufrido por primera vez en su vida ninguna humillación. Si ese mendigo tuviera una vida para dar por cada trozo de pan, y las diera todas, no pensaría que su deuda había menguado.
En cuanto a mí, el hecho de que, además, la relación humana con usted encierre perpetuamente la luz de Dios, debe elevar la gratitud a un nivel muy distinto.
Sin embargo, no voy a darle ningún testimonio de gratitud, sino que le diré al gunas cosas que podrían causarle una legítima irritación contra mí. Pues no me conviene de ningún modo decirlas y ni siquiera pensarlas. No tengo ese derecho y lo sé muy bien.
Pero, como de hecho las he pensado, no me atrevo a ocultárselas. Si son falsas, no harían ningún daño. Pero no es imposible que contengan algo de verdad. En tal caso, habría lugar a pensar que Dios le envía esa verdad por medio de la pluma que se encuentra casualmente en mi mano. Hay pensamientos a los que conviene ser enviados por inspiración y a otros por mediación de alguna criatura; Dios se sirve de una u otra vía con sus amigos. Es bien sabido que cualquier cosa, por ejemplo, una burra, puede perfectamente servir de mediación. Quizás Dios se complace incluso en elegir para este uso los objetos más viles. Tengo necesidad de decirme estas cosas para no tener miedo de mis propios pensamientos.
Cuando le envié por escrito un esbozo de mi autobiografía espiritual, era con una intención. Quería procurarle la posibilidad de constatar un ejemplo concreto y verdadero de fe implícita. Verdadero, pues se que usted sabe que no miento.
Equivocadamente o no, usted piensa que tengo derecho a llamarme cristiana. Le aseguro que cuando a propósito de mi infancia y mi juventud empleo las palabras vocación, obediencia, espíritu de pobreza, pureza, aceptación, amor al prójimo y otras semejantes, es rigurosamente con el significado que para mí tienen en este momento. Sin embargo, fui educada por mis padres y mi hermano en un agnosticismo completo; y jamás he hecho el menor esfuerzo por salir de él, jamás he tenido el menor deseo de hacerlo, con buen criterio, en mi opinión. A pesar de esto, desde mi nacimiento, por decirlo así, ninguna de mis faltas, ninguna de mis imperfecciones, ha tenido realmente como excusa la ignorancia. De todas sin excepción deberé rendir cuentas el día de la cólera del Cordero.
Puede creer también en mi palabra de que Grecia, Egipto, la antigua India, la antigua China, la belleza del mundo, los reflejos puros y auténticos de esa belleza en las artes y en la ciencia, el espectáculo de los repliegues del corazón humano, aun en aquellos vacíos de creencia religiosa, todo esto, ha hecho tanto como las cosas visiblemente cristianas para entregarme cautiva a Cristo. Creo incluso que podría decir más: El amor por las cosas que están fuera del cristianismo visible me mantiene fuera de la Iglesia.
Tal destino espiritual debe parecerle ininteligible. Pero por esa misma razón es adecuado para hacer de ello un objeto de reflexión. Es bueno reflexionar sobre lo que fuerza a salir de sí mismo. Me cuesta imaginar cómo puede usted sentir amistad hacia mí; pero puesto que aparentemente es así, podría tener este uso.
Teóricamente usted admite plenamente la noción de fe implícita. En la práctica tiene también una amplitud de espíritu y una probidad intelectual excepcionales; pero, pese a ello, muy insuficientes todavía, en mi opinión. Solo la perfección es suficiente.
A menudo me ha parecido apreciar en usted, acertadamente o no, actitudes par ciales. Especialmente, una cierta resistencia a admitir de hecho, en casos concretos, la posibilidad de la fe implícita. Al menos, yo he tenido esa impresión cuando le hable de B... y, sobre todo, de un campesino español al que considero no muy lejos de la santidad. Es verdad que, sin duda, ha sido sobre todo por culpa mía; mi torpe za es tal que siempre hago daño a lo que amo al hablar de ello; lo he experimentado con frecuencia. Pero me parece también que cuando le hablo de no creyentes que, sumidos en la desdicha, la aceptan como parte del orden del mundo, no le causa la misma impresión que si se trata de cristianos y de su acatamiento a la voluntad de Dios. Sin embargo, no hay diferencia. Al menos, si realmente tengo derecho al nom bre de cristiana, sé por experiencia que la virtud estoica y la cristiana son una sola y misma virtud. Me refiero a la virtud estoica autentica, que es ante todo amor, no a la caricatura que hicieron de ella algunos brutos romanos. Creo que, teóricamente, tampoco usted podría negarlo. Pero se resiste a reconocer de hecho, en ejemplos concretos y contemporáneos, la posibilidad de una eficacia sobrenatural de la virtud estoica.
Me causo también una gran pena que utilizase en una ocasión la palabra «falso» cuando quería decir «no ortodoxo». De inmediato, usted se corrigió. En mi opinión hay una confusión en los términos, incompatible con una perfecta probidad intelec tual. Es imposible que esto complazca a Cristo, que es la Verdad.
Me parece indudable que hay ahí una seria imperfección. ¿Y por qué tendría que haber imperfección en usted? No le conviene de ningún modo ser imperfecto. Es como una nota falsa en un hermoso cántico.
Esta imperfección es, yo creo, el apego a la Iglesia en tanto que patria terrestre. La Iglesia es de hecho para usted, al mismo tiempo que el vínculo con la patria celestial, una patria terrena. En ella vive en una atmósfera humanamente cálida, lo que hace casi inevitable un cierto apego.
Ese apego es quizá, para usted, como el hilo extremadamente fino de que habla san Juan de la Cruz, que, en tanto no se ha roto, mantiene al pájaro ligado a la tierra tan firmemente como pudiera hacerlo una gruesa cadena de hierro. Imagino que el ultimo hilo, por delgado que sea, debe ser el más difícil de romper, pues una vez roto es preciso levantar el vuelo y eso da miedo. Pero también la obligación es imperiosa.
Los hijos de Dios no deberían tener más patria aquí abajo que el universo mismo, con la totalidad de las criaturas racionales que ha contenido, contiene y contendrá. Ésa es la ciudad natal digna de merecer nuestro amor.
Las cosas menos vastas que el universo, entre las que se encuentra la Iglesia, imponen obligaciones que pueden ser extraordinariamente amplias, pero entre las que no se encuentra la obligación de amar. Al menos, así lo creo. Estoy convencida también de que no se cuenta entre ellas ninguna obligación que tenga relación con la inteligencia.
Nuestro amor debe tener la misma extensión a través del espacio y la misma igualdad en todas sus partes que tiene la luz del sol. Cristo nos ha ordenado llegar a la perfección de nuestro Padre celestial imitando esta distribución indiscriminada de la luz. Nuestra inteligencia debe también tener esta imparcialidad absoluta.
Todo lo que existe es igualmente mantenido en la existencia por el amor creador de Dios. Los amigos de Dios deben amarlo hasta el punto de confundir su amor con el de él para con las cosas de aquí abajo.
Cuando un alma ha llegado a un amor que colma por igual todo el universo, ese amor se convierte en el polluelo de alas de oro que rompe el huevo del mundo. Después, ama el universo no desde dentro sino desde fuera, desde el lugar en que mora la Sabiduría de Dios, que es nuestro hermano primogénito. Tal amor no ama los seres y las cosas en Dios, sino desde Dios. Estando junto a Dios, dirige su mirada desde allí, confundida con la mirada de Dios, sobre todos los seres y sobre todas las cosas.
Hay que ser católico, es decir, no estar ligado por un hilo a nada creado, sino a la totalidad de la creación. Esta universalidad pudo antaño estar implícita en los santos, incluso en su propia conciencia. Podían implícitamente hacer lugar en su alma, por un lado, al amor debido sólo a Dios y a toda su creación y, por otro, a las obligaciones hacia todo lo que es más pequeño que el universo. Creo que san Francisco de Asís y san Juan de la Cruz fueron así. Por eso ambos fueron poetas.
Es cierto que hay que amar al prójimo, pero en el ejemplo que da Cristo co mo ilustración de este mandamiento, el prójimo es un ser desnudo, ensangrentado, desvanecido en medio de un camino, y del que nada se sabe. Se trata de un amor completamente anónimo y por eso mismo completamente universal.
Es verdad también que Cristo dijo a sus discípulos: «Amaos los unos a los otros». Pero en este caso creo que se trata de amistad, de la amistad personal que debe vincular entre sí a todos los amigos de Dios. La amistad es la única excepción legítima al deber de amar solamente de manera universal. Además, en mi opinión, la amistad sólo es verdaderamente pura si está rodeada de una envoltura compacta de indiferencia que mantiene la distancia.
Vivimos en una época sin precedentes y la universalidad que antaño podía estar implícita debe ser en la situación actual plenamente explícita. Debe impregnar el lenguaje y toda la manera de ser.
Hoy, ni siquiera ser un santo significa nada; es precisa la santidad que el momento presente exige, una santidad nueva, también sin precedentes.
Maritain lo ha dicho, pero ha enumerado sólo los aspectos de la santidad anti gua que hoy están, por el momento al menos, periclitados. No ha percibido hasta qué punto la santidad de hoy debe encerrar, por el contrario, una novedad milagrosa.
Un nuevo tipo de santidad es un afloramiento, una creación. Guardando las proporciones, manteniendo cada cosa en su lugar, es casi algo análogo a una nueva revelación del universo y del destino humano. Es como dejar al descubierto una amplia porción de verdad y de belleza ocultas hasta ese momento por una densa capa de polvo. Hace falta más genio del que necesitó Arquímedes para inventar la mecánica y la física. Una santidad nueva es una creación más prodigiosa.
Sólo una especie de perversión puede llevar a los amigos de Dios a privarse del genio, pues para recibirlo con colmada abundancia les bastaría pedirlo a su Padre en el nombre de Cristo.
Es ésa una demanda legítima, actualmente al menos, puesto que es necesaria. Creo que es la primera petición que en este momento debe hacerse, ya sea en esta forma o en otra equivalente; una petición que habría que hacer todos los días, a todas horas, como un niño hambriento que no deja de pedir pan. El mundo tiene necesidad de santos como una ciudad con peste tiene necesidad de médicos. Allí donde hay necesidad, hay obligación.
Por mi parte, no puedo hacer ningún uso de estos pensamientos ni de todos aquellos que los acompañan en mi mente. En primer lugar, la considerable imperfección que mi cobardía permite subsista en mí, me sitúa a una distancia excesiva del punto en que son aplicables. Esto es algo imperdonable por mi parte. Una distancia tan grande, en el mejor de los casos, sólo puede ser salvada con el tiempo.
Pero, aun cuando la hubiese franqueado, soy un instrumento podrido. Estoy de masiado agotada. Aunque creyera en la posibilidad de obtener de Dios la reparación de las mutilaciones de la naturaleza que existen en mí, no podría decidirme a pe dirla. Aun si estuviera segura de obtenerla, no podría hacerlo. Una petición así me parecería una ofensa al Amor infinitamente tierno que me ha concedido el don de la desdicha.
Si nadie se aviene a prestar atención a los pensamientos que, no sé cómo, se han posado en un ser tan insuficiente como yo, serán enterrados conmigo. Si contienen, como creo, alguna verdad, sería una lástima. Yo les perjudico. El hecho de que estén en mí impide que se les preste atención.
No sé de nadie mías que usted a quien pueda implorar atención en su favor. Quisiera que su caridad, que tan pródiga ha sido conmigo, se desviase de mí para dirigirse hacia lo que llevo en mí y que vale, quiero creerlo, mucho más que yo.
Me resulta muy doloroso pensar que los pensamientos que han descendido sobre mí están condenados a muerte por el contagio de mi insuficiencia y mi miseria. Siento un estremecimiento cada vez que leo la historia de la higuera estéril. Creo que es mi vivo retrato. También en ella la naturaleza era impotente y, sin embargo, no por ello fue disculpada. Cristo la maldijo.
Por eso, aunque quizá no haya en mi vida faltas concretas verdaderamente graves aparte de las que ya le confesé, pienso que, mirando las cosas fríamente y de manera razonable, tengo más motivos legítimos para temer la cólera de Dios que muchos grandes criminales.
No es que la tema en realidad. Por una extraña inversión, el pensamiento de la cólera de Dios no suscita en mí más que el amor. Es el pensamiento del posible favor de Dios, de su misericordia, lo que me causa una especie de temor, lo que me hace temblar.
El sentimiento de ser para Cristo como una higuera estéril, me desgarra el corazón.
Afortunadamente, Dios puede enviar con facilidad no sólo los mismos pensa mientos, si es que son buenos, sino otros mucho mejores a un ser intacto y capaz de servirle.
¿Pero quién sabe si los que se encuentran en mí no estarían al menos parcialmente destinados a que usted haga algún uso de ellos? Sólo podrían estarlo a quien sintiera algo de amistad por mí, de amistad verdadera. Pues para los demás, en cierto modo, no existo. Tengo el color de las hojas muertas, como ciertos insectos.
Si en todo cuanto acabo de decirle hay algo que le parece falso o fuera de lugar, perdónemelo. No se irrite conmigo.
No sé si en el curso de los meses y las semanas que se avecinan podré enviarle noticias mías ni recibir las suyas. Pero esta separación no es un mal más que para mí y por tanto no tiene importancia.
No puedo sino ratificarle una vez más mi gratitud filial y mi amistad sin límites.
Simone Weil
Casablanca, 26 de Mayo de 1942