El hombre es el único ser sobre la tierra que puede dirigirse a aquel que es su origen y su última razón de ser. El pájaro se contenta con buscar su comida y cebar a sus crías; la vaca pasta la hierba, duerme, pare novillos, nos da leche y muere sin que piense jamás en su criador; el hombre, empero, puede arrodillarse en adoración ante el misterio de su origen.
En cierto sentido, también los animales alaban el misterio de su existencia por el mero hecho de vivir. El poeta Gnido Gezelle ve cómo unos insectos escriben el nombre de Dios con sus ágiles movimientos sobre la tranquila superficie de una charca del campo. Y el salmista canta:
«Tú formas las tinieblas y, al venir la noche,
por ella errantes van las bestias fieras;
cachorros de leones dan rugidos por la presa
y a Dios piden ración con hambre dura» (Sal 104, 20-21).
Pero es el hombre quien sabe eso y lo canta. El hombre comprende que el rugido del león en la noche tropical es respuesta de la vida a la creación de la vida. Los gritos de los animales sólo se tornan gritos a Dios en el «animal racional», en el hombre. Sólo nosotros comparecemos ante Dios con la mente y el corazón.
Por eso, aquel antiquísimo resumen de buena conducta humana, los diez mandamientos, comienza por un triple precepto sobre las relaciones del hombre con Dios:
«Yo soy el Señor, tu Dios, que te ha sacado de la tierra de Egipto, de la casa de la esclavitud. No tendrás más dioses que a mí.
No te harás imagen de escultura, ni figura alguna de las cosas que hay arriba en el cielo, ni ahí abajo, en la tierra, ni de las que hay en las aguas debajo de la tierra.
No te postrarás ante ellas, no las servirás, pues yo, Yahveh, tu Dios, soy un Dios celoso...
No tomarás en vano el nombre del Señor...
Acuérdate de santificar el día del sábado»
(Éx 20, 1-5. 7-8).
Se invita al hombre a que busque tiempo libre para Dios. Se aparta de lo visible y cotidiano; hace descansar sus manos y las junta; da descanso a sus ojos, a fin de contemplar lo más hondo, la razón de ser de hombres y cosas; el cuerpo entero coopera a la dedicación a Dios. De pie, de rodillas o sentado, toma la postura conveniente, una postura de entrega, de salida de uno mismo. Los pensamientos buscan apoyo para ocuparse en el misterio insondable. La fantasía trabaja poco o no trabaja nada. Buscamos también, solos o con otros, lugar acomodado a la oración.
Todo esto son modos para poder captar la presencia de Dios: lugares especiales, posturas, pensamientos, imaginaciones; la música, una iglesia recoleta, la paz del paisaje, la bóveda inmensa del cielo. Así, dentro y fuera de nosotros, buscamos símbolos para ocuparnos de aquel que «es más alto que lo más alto que hay en mí, y más íntimo que lo más íntimo de mi ser». Él está fuera de nuestro alcance y posibilidades. De cada símbolo hemos de decir que no es Él. Sin embargo, hacia Él se orienta lo más hondo de nuestro ser.
Si continuáramos hablando así, no llegaríamos nunca a la oración cristiana. Nos quedaríamos en la mera religiosidad humana, y ni aun eso. Pues sólo hemos mencionado la mitad — y no la mitad más importante—, a saber, la forma en que intentamos hablar con Dios. Pero orar es ante todo escuchar a Dios. Ésta es la otra mitad, la más importante: que Dios habla.
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(Nota: Este escrito y los sucesivos, han sido tomados del "Nuevo catecismo para adultos" del Episcopado holandés. La versión española es de la editorial Herder, publicado en 1969)
LA ORACIÓN DEL CRISTIANO. (1) Delante de Dios.
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